DIA 5
Pues me levanté cantando esa canción, porque el único objetivo del día era ver leones. No nos gustaría por nada del mundo, dejar el Kruger sin ver uno.
Teníamos todo el día por delante, así que desayunamos con calma en la cafetería de Olifants. Fue el desayuno mas estresante-divertido de mi vida. Resulta que, por la terraza de la cafetería, pululan un montón de monos vervet, súper adictos al azúcar y a robar comida. Os podéis imaginar la situación ¿no? De repente ves que un mono salta a tu mesa y en menos de lo que canta un gallo se ha llevado tu croissant. Eso si no consigue robar un puñado de sobres de azúcar y subirse a la primera rama a devorarlos ¡Os prometo que los ojos se les salían de las órbitas!
Fuimos recoger a nuestro coche para empezar el día, que como veis aparcábamos al ladito de casa.
Me seguía hipnotizando el mirador de Olifants, esa inmensidad africana. Fue el que mas nos gustó de todo el parque.

Cómo uno no sabe cuando va a tener un buen día, esa mañana nos acercamos al panel de avistamientos. ¡Bien! Hay un círculo rojo, eso significa que ayer alguien ha visto un león. Ese será nuestro objetivo de hoy y como está bastante cerca del campamento, nos dedicaremos a rodearlo hasta que nos encontremos con el rey.
Fuimos por las pistas de tierra, por las de asfalto, y no veíamos nada. Es curioso como nos adaptamos a los sitios y en nuestro cuarto día en el Kruger, ver impalas, cebras y jirafas era ya tan natural para nosotros como respirar o pestañear, y ya no les hacíamos ni caso. Aunque a veces estaban tan cerca que aún se merecían una foto.
Por el norte del parque Kruger se pueden ver baobabs, un árbol típico africano. ¿Os acordáis de El Principito? Decía que es un árbol muy feo y que parece esté dado la vuelta, por lo que las raíces quedan al descubierto. Cierto es que el tronco es muy ancho y robusto, pero qué queréis que os diga, me parece un árbol precioso. El árbol de los árboles, imaginaos qué no habrán visto estos pequeños que viven 1000 años.
Conduciendo, conduciendo llegamos a un vergel donde un montón de cebras e impalas, descansaban. Era como si el mundo no fuera con ellas. Era el cielo. Retozaban y comían. Era la casa de la pradera. Si los animales tienen un paraíso, este era ese lugar.
Después de observar un poco, continuamos el camino. ¡Queremos ver un león!
Nos adentramos por un camino de tierra y al final de éste vimos unos búfalos ¡Genial! Eran muy graciosos, rumiaban y cuando escuchaban el sonido de la cámara al disparar, paraban y nos miraban fijamente.
Este avistamiento nos hizo recuperar la emoción y al llegar al campamento de Letaba, compramos unos sandwiches para comer en el coche mientras íbamos en busca del león.
El camino no fue nada productivo y ya en Olifants paramos a ver el panel de avistamientos, a ver si había algún nuevo aviso. ¡Sí, león entre Olifants y un cruce! ¡Allá vamos!
Hicimos el camino dos veces y a la segunda vuelta, sucedió (música celestial) tumbado y totalmente camuflado entre las hierbas asoma la cabeza de un león. Dios mío.
Habíamos hecho este camino dos veces y había pasado totalmente desapercibido, pero ahora, ahora era nuestro. Por fin la naturaleza nos regalaba la belleza y potencia de un león africano.
Los coches se empezaban a amontonar y Raúl y yo, orgullosos de nuestro buen ojo, les decíamos a todos dónde estaba el león. Teníais que ver las caras de la gente cuando oían "Lion".
Espera, espera, que junto al león ¡Hay una leona! (música celestial otra vez). Ésta sí que está bien camuflada. En estos momentos hubiera dado lo que fuera por tener unos prismáticos. Sí, fuimos al Kruger sin prismáticos, imperdonable.
Llevábamos ya una hora observándolos. Se dormían, se despertaban. El león quería mambo, la leona no. Se volvían a dormir. Así una y otra vez.
Espera, espera, van hacia la carretera.
Ni cortos ni perezosos, se acoplaron en medio de la carretera. Éramos un montón de coches y ellos ni se inmutaban. Continuaban sus siestas alrededor nuestro. Observarlos era el mejor regalo que podíamos tener. Son maravillosos.
Estábamos a tres metros de dos leones salvajes y ellos estaban cómodos con nuestra presencia.
Me daba la impresión de que si bajaba del coche podría acercarme a ellos y acariciarlos tranquilamente, pero mejor no tentar a la suerte.
Los coches empezaban a impacientarse, sólo faltaban 30 minutos para el cierre de las puertas, llevábamos con los leones mas de dos horas, y podríamos habernos quedado otras dos, o dos días, o dos años. Aquello era impresionante.
El caso es que había que marcharse a los campamentos ya. Los coches maniobraban nerviosos, nosotros que estábamos en primera fila, teníamos que movernos para que los coches pudieran avanzar. Lentamente comenzamos a mover el coche y tuvimos que pasar a un metro de él. Encontrarte los ojos de un león africano chocando con los tuyos, es algo que no olvidaré. Podéis pensar que estoy loca, pero nos sostuvimos la mirada unos segundos y hubo conexión.
Creo que después de esto ya puedo morir. Un león me ha mirado a los ojos.
A todos los que me preguntan el porqué de viajar. Por esto. No me puedo sentir mas llena, y no es comparable a nada. Son instantes, miradas, sonrisas (de animales o personas), que me llenan mas que nada que pueda poseer.
Era la última noche en el parque, hicimos nuestra ya habitual barbacoa, hoy tocó pollo. Estábamos felices, el atardecer en Olifants y el avistamiento del día nos hacía sentir Africa como algo que permanecerá para siempre. Una parte de nosotros.
















































