miércoles, 2 de julio de 2014

Budapest, mi cuento de navidad

Estaba siendo un otoño más frío y lluvioso de lo habitual. Se acercaba mi 30 cumpleaños,  y no es que me importe cumplir años,  al revés, me hace feliz. Pero esta vez parecía que había algo que debía cambiar.

30 años. Ya dejaba de ser una niña,  ya no se me iban a permitir ciertas cosas. Por lo que me decían 30 años ya es una edad seria, ya es "la edad".  ¿Para qué? No veo la diferencia entre 29 y 30 años, ¿En serio que 12 meses debían  cambiar mi vida?  ¿Qué se suponía que debía hacer?
 Me niego a adoptar una vida que no es mía, a dejar de soñar.


¡Pues a mi lo que me gusta es viajar! Y espero no dejar de hacerlo nunca. Así que, para celebrar mi cumpleaños, lo mejor que podía regalarme era otra experiencia, de las que te llenan, algo así como otra ciudad, otro idioma, otra moneda e historia. Una ciudad madura y elegante, como se suponía que debía de empezar a ser yo. Budapest.

Al día siguiente de mi cumpleaños, empezó mi cuento de navidad. De navidad porque era finales de noviembre y las ciudades por esas fechas ya lucen engalanadas.

DIA 1

Llegamos a Budapest de noche, en Noviembre oscurece sobre las 16:30. Tomamos el autobús 200E a la estación de metro de köbánya-Kipest. Aquel convoy parecía muy antiguo y me dio la sensación de estar en una película, en la que no entendía nada porque mira que es difícil el húngaro.





Bajamos en Oktogon y buscamos el Broadway hotel. Hacía frío pero en la calle había bastante ir y venir de gente. Nada mas dejar las cosas salimos a la calle, y nos fuimos al mercadillo navideño de la plaza de Vörösmarty.

 Aquel era mi cuento de navidad, me di cuenta en cuanto vi que llovía escarcha que no mojaba. Hacía mucho frío pero con el primer sorbo de mulled wine entré en calor y hasta nos sentamos en una mesa a comer un guiso de carne, en el que el plato era un bollo de pan.
Solo unas horas y ya sabía que iba a ser una ciudad muy especial y aquello no iba a ser un viaje, iba a ser un cuento.



                                       
DIA 2 

Amanecía en Budapest y las vistas desde la habitación me daban los buenos días.


Un gran árbol de navidad con galletas gigantes me felicitó por mi cumple.



La primera visita del día fue la sinagoga, pero esta no es una sinagoga cualquiera, es la segunda mas grande de Europa y nada tiene que ver con otras. Extraño es que tenga un altar, púlpitos y hasta un órgano, el cual toca una cristiana, porque todo puede pasar en este cuento.



Tuvimos la suerte de que en 10 minutos empezaba una visita en español. Gracias a nuestra guía nos enteramos de que este mural lo hizo una superviviente de Auschwitz a sus 84 años. Simboliza las llamas. Sin palabras.


El árbol de la vida, en el patio de la sinagoga y en memoria de los que fallecieron.


Es raro que exista un cementerio al lado de una sinagoga, pero este lugar es especial. Fueron tantos los cuerpos sin vida encontrados en el gueto judío, que decidieron enterrarlos allí mismo al lado de su sinagoga.


Dicen que las ciudades son libros, y que se leen caminando. Pues caminamos por Budapest y ella empezó a contarnos su historia, su trágica historia.


Nos contó todo lo que había sufrido y nos enseño sus heridas, las cicatrices que aún quedan en sus fachadas. Cicatrices que no se pueden olvidar.



Nos dio una tregua y nos enseñó algunos de los sitios que se han convertido en bares de moda. Los "ruin pub",  locales abandonados a punto de derruirse, convertidos en galerías de arte, donde tomar una cerveza sentado en una bañera, por ejemplo.
En el barrio judío en la calle Kazinczy nos encontramos con Szimpla Kert, una buena parada para tomar un descanso.






Yo iba conociendo a Budapest y parecía que ella me conocía a mi, pues paseando por sus calles heridas me obligó a fijarme en un cartel.
Aquí se sirve el auténtico pastel húngaro-judío hecho por Rachele. Y tenía que probarlo.
Uno de esos locales que me encantan, pequeño y destartalado. Ninguna taza es igual a otra y seguramente tengan mas historia que la misma Budapest.


Caía la tarde y la ciudad seguía contándonos; celtas, romanos y mongoles habían pisado esas calles en el pasado cuando un río separaba Buda y Óbuda de Pest, El Danubio. No hace tanto, allá por 1873 y por estas mismas fechas, las dos orillas se juntaron dando lugar a la renaciente Budapest.

Los puentes que la unen se muestran majestuosos, a punto de recibir la noche.



Caminamos y Budapest se muestra mas cariñosa de noche, en sus calles principales como la Vaci Utca, donde los restaurantes invitan a degustar sus generosas raciones. Un must es el restaurante Fatál Étterem, en el que cenamos pollo con patatas.

Para acabar la jornada, terminamos en el lugar que me recordaba que la magia existe. El mercadillo de Vorosmarty.


DIA 3

El día  siguiente empezó en el mercado central donde los aquincenses acuden con cestas de mimbre a hacer la compra. El producto estrella, paprika.


En la planta alta se pueden encontrar puestos de souvenirs y casas de comida barata, donde los locales se llenan el estómago.


 Budapest se despertó tarde ese día pero enseguida nos contó la historia que lleva a sus espaldas. Nos habló del Hospital in the rock, Lovas utca 4/c. Un hospital búnker excavado en la roca. Un auténtico lugar donde pasear por los fríos túneles entre mascaras anti-gas, camillas, botiquines y demás objetos médicos que ayudaron a salvar vidas durante la II Guerra Mundial. Un must en Budapest. Una visita imperdible y emocionante, de esas que ponen los pelos de punta.


Muy cerca de allí,  Buda empezó a descubrirnos sus encantos. La iglesia de San Matías, que no siempre fue iglesia. Durante unos años fue mezquita, cuando el ejercito turco invadió estas tierras.


Encontré mi sitio en Budapest, justo en el Bastión de los Pescadores. Esta antigua fortaleza, hoy es una terraza para pasear y dejarse maravillar a orillas del Danubio, para asomarse a los miradores y trasladarse a la edad media. Y soñar.









Siete torres que representan las siete tribus magiares. Caprichosas formas que me hacían pensar en castillos, fortalezas, murallas, nobles, tribus y pescadores.
Sí, definitivamente este es mi sitio en Budapest.


 En la otra orilla, Pest, sin ningún pudor, nos dejaba contemplar sus mejores vistas.Creo que ningún lugar es mejor que este para hacerlo.
El Parlamento se veía espectacular.






Buda no podía ser mi sitio sin un castillo. Y quiso que lo viéramos de noche.
En un pequeño paseo con puestos para tomar un vino caliente, ¡qué maravilloso brebaje! y así combatir un poco la fría noche aquincense, llegamos al castillo.

Paseamos como los reyes húngaros. Buda nos contó que, desde este lugar se dirigía el reino húngaro, el este de los Balcanes y la cuenca de los Cárpatos. ¿Os imagináis?




Budapest de noche es maravillosa,  la ausencia de turistas hizo que nos quedáramos a solas con ella, y yo empecé a verla todavía mas hermosa y romántica. Una ciudad madura, sobria y muy elegante.
 Me invitaba a sacar una foto en cada rincón. Estábamos solas y aunque tímidamente, pude captar su esencia. Ese algo especial que sólo en ocasiones puedes percibir, como si ella te quisiera mostrar algo, solo a ti. Algo que te hace recordar una ciudad como si hubiera sido solo para ti.





Nuestros momentos a solas con ella terminaron de vuelta a la otra orilla, Pest (esto no podía ser mas romántico) cruzando el puente de las cadenas. Nos dirigimos a la catedral de San Esteban, la mas importante de la ciudad.


La gente se reunía alrededor de otro mercadillo navideño, en la misma plaza de la catedral. Muchos dulces y una música celestial. Este es mi cuento.


Esa noche cenamos en For Sale, muy cerca del mercado central en Vamhaz Korut,2.
Un curioso local en el tus pensamientos forman parte de la decoración, puedes dejar tu mensaje colgado en la pared. Raciones generosas y ¡cacahuetes gratis! Curioso local con el suelo lleno de paja cual establo. En verano debe ser genial degustar una cervecita fría, pero a finales de noviembre nos conformamos con una rica sopa para terminar el día.


DIA 4

Este día fue un poco extraño, sentí la necesidad de comprar una flor y dejarla a orillas del Danubio, en un zapato. Pasamos la mañana paseando por un cementerio. Entramos en una cafetería para acariciar gatos. Nos bañamos al aire libre mientras la temperatura exterior bajaba de 0º. 
Pero vayamos por partes.


 Amanecía nuestro ultimo día y esta mañana madrugamos bastante, sabíamos a donde nos iba a llevar Budapest y paramos en una floristería a comprar una flor.
Volvíamos a orillas del río, al puente de las cadenas y hoy avanzaríamos un poco mas, hasta llegar al monumento de los zapatos.





Era una mañana triste, la nostalgia flotaba en el ambiente, como la humedad del rocío, una neblina helada y los zapatos a orillas del Danubio.
Budapest nos contó con voz entrecortada, lo que estos zapatos significaban, y, aunque ya lo sabíamos, verlos allí nos puso un nudo en la garganta.

Cada zapato fue una vida, una vida atada a otra vida. Vidas arrojadas al río.





Después de caminar un rato en silencio, y ver las obras que rodean el parlamento, seguimos caminando en silencio hasta la estación central o Keleti Palyaudvar.
Vimos un Mc Donalds, esas hamburgueserías en las que siempre aprovechamos para ir al baño gratis. Pero aquí no funcionaba así, en la puerta del baño había una "simpática" señora que pedía el ticket.
Ya que no nos quedaba otra opción para poder ir al baño, y el interior de este Mc Donalds era encantador ¿Por qué no sucumbir a un delicioso y calórico tentempié?


Un cementerio puede no parecer el sitio mas agradable para pasear, pero el cementerio Kerepesi, en Fiumei utca,16. Es un lugar bonito, nostálgico, histórico y perfecto para dar un paseo y contemplar los monumentos hechos tumbas.
Desde 1847  este cementerio de 56 hectáreas se ha ido convirtiendo en un museo al aire libre, y es famoso por el buen gusto de los mausoleos.





 Volvimos a la ciudad después de este paréntesis. Ya caía la tarde y entramos a un salón de té "All you can eat" curiosamente no comimos nada. Tomamos un té mientras acariciábamos a unos remolones gatitos. Un cat café en mi cuento de navidad. Budapest si que sabe.

Llevábamos todo el día con los bañadores en la mochila y en cuanto oscureció nos dirigimos al balneario de Széchenyi, se encuentra en un parque cerca de la plaza de los Héroes. Caminando hasta allí nos encontramos con una pista de patinaje sobre hielo y me pregunté hasta que punto no pasaríamos frío.

Compramos las entradas, ya solo nos daban acceso a las piscinas exteriores, las interiores ya estaban cerradas. Vaya, parece que si pasamos frío no nos quedará mas remedio que aguantarnos.
Compramos la entrada con taquilla y tras ponernos el bañador fuimos a recoger unas toallas incluidas en la entrada. Pasamos mas de 20 minutos en la cola con un calor agobiante.

Por fin con las toallas en la mano salimos al patio exterior donde se encuentran las piscinas. Son muy bonitas y de noche están muy bien iluminadas. El vapor que salía del agua me hacía presagiar que debía estar bien caliente, pero no fue así. Lo que pasaba era que hacía mucho frío fuera.

Cuando dejamos las toallas y fuimos corriendo a meternos en la piscina, esperaba encontrar el agua muy caliente y no fue para nada así. Estaba a una temperatura agradable, justa para no pasar frío. Aún así bañarse en esas aguas termales a la luz de la luna, con un edificio señorial del 1913 me pareció súper divertido.
 Si, sí divertido porque íbamos corriendo de una piscina a otra para no congelarnos, porque dentro de una piscina había unos chorros que te empujaban a girar en círculos, divertido porque había mucha gente y acordarte de donde habías dejado tu toalla, era casi imposible y entonces nos limitábamos a coger la que menos escarcha tenía. Me lo pasé pipa.





Es verdad que después del baño noté la piel muy suave e hidratada y sí que sentía que mis piernas se habían relajado, porque ya sabéis lo que les hacemos sufrir a las pobres en nuestros viajes.

Era el momento ideal para ir con Budapest al mercadillo de Vorosmarty y así despedirnos con un mulled wine en tazas rojas, de mi cuento de navidad.

¡Budapest eres toda una señora! Elegante, histórica, romántica, llena de historias para contar, el pasado sobrevive al presente en tus calles, nostálgicas y añejas. Encantada de conocerte. Szia!





Nota:
Esta escapada nos dejó con un sabor amargo porque en el aeropuerto de Budapest la compañía Wizz Air nos cobró por subir a bordo del avión 45€ por cada equipaje de mano, cosa que creo, ninguna compañía aérea cobra. Allí no hubo manera o pagábamos los 90€ o no subíamos al avión.
Nos dieron 2 tickets uno por valor de 70€ y otro por 20€. Conseguí que nos devolvieran el importe del ticket de 70€ reclamando a Logitravel, que fue donde compramos los billetes.
Avisados estáis.

9 comentarios:

  1. ¡Me ha gustado mucho! Si antes tenía ganas de ir, ahora mucho más.

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  2. Hola,
    Gracias por comentar. Es una ciudad que merece más de una visita ;)
    Saludotes!

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  3. Reconozco muchos lugares que yo pude ver cuando fui a Budapest, aunque vi menos x que estuve solo dos dias... ohhh el metro sigue igual de viejo hehehe (los vagones x que algunas estaciones estan bonitas)

    El Hungaro... si, para mi fue muy dificil tambien... es que no se parece a ningun idioma de los que conozco O_O

    Saluditos!

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    1. Hola Olga,
      Gracias por comentar.
      ¿Difícil? Yo diría indescifrable!
      Sí, también vi paradas muy bonitas y modernas y llenas de escaleras mecánicas!

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  4. Iciar!, que bonito relato, sobre todo me gustan los posts que cuentan historias y tu cuento de navidad es preciosos ;-). Ays! Budapest, ganitas de ir!

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    1. ¡Muchas gracias Eva!
      Me alegro de que hayas disfrutado la lectura. La navidad le da ese toque mágico a cualquier ciudad.
      Saludotes!

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  5. Me encanta leer posts sobre Busapest, siempre descubro cosas nuevas. Un día me gustaría vivir Budapest de viajera más que de insider ya que cada vez que voy entre familia y amigos se me vuela el tiempo y nunca consigo verla bien.
    Tomo nota para la próxima vez que vaya a ver si consigo escaparme!! Ah y por cierto el pastelito de Rachele tenía una pinta espectacular pero no creo que ella sea muy Húngara ;)

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    1. Jajajaja pues tienes que sacar un momento para descubrir la ciudad de esa forma, a mi también me pasa con Madrid, toda la vida viviendo aquí y sin conocer muchas cosas....

      No sé de dónde seria Rachele pero el pastelito estaba buenísimo! ;)

      Gracias por comentar,
      Saludos!

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  6. Encantador y fascinante cuento. Posiblemente viaje este Diciembre al SurEste de Europa, contemplare hacer una parada obligada en Budapest.

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